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Tecnología para la inclusión
Gilberto Gil

Las tecnologías digitales libres provocan día a día una verdadera “revolución” que, silenciosamente, invade todos los poros de la civilización y constituyen una nueva realidad. Para muchos disconformes todavía esa nueva realidad nos lleva a cambios radicales en nuestros modos de vida, sea como ciudadanos, delante de nuestros derechos y deberes; sea como actores políticos, frente a la dimensión pública y común que nos reúne; sea como agentes de la economía en un mundo globalizado, consumidores y productores de los diversos nichos del mercado.

La convergencia tecnológica se volvió un hecho cultural contemporáneo de muchas dimensiones y consecuencias. Las tecnologías digitales contienen, en su código genético, elementos íntimamente volcados hacia una proyección futura. Su padrón de afirmación utópico implica un nuevo paradigma y contexto cultural, que necesita ser descifrado y abordado a partir de una política actual, contemporánea a la realidad y a las necesidades del siglo XXI, que refleje la dimensión de usos y participaciones.
La tecnología es una lógica y un linguaje biopolítico, que viene estructurando los procesos vitales como un todo, tanto en los dispositivos digitales como en los genéticos y biológicos. Las redes, dinamizadas por procesos colaborativos, sus canales de participación, sus posibilidades de interferencias y reproductibilidades múltiples son, antes que nada, una adopción cultural que las personas hacen, cada vez más, en su día a día y que tiene un gran impacto sobre el mundo humano. Esta situación cultural es tan compleja como lo fue, hace mucho tiempo, la construcción del espacio urbano de las ciudades, que definió un marco en la organización política y estética, cultural y vital, científica y técnica de muchas sociedades y civilizaciones.

Contra todas las expectativas, no hay hoy ningún sector de la actividad humana que no esté siendo rediseñado en función de la revolución tecnológica. Nadie, en especial los gobiernos de hoy, puede ignorar esa nueva realidad. Todos necesitamos desarrollar nuestras facultades de anticipación para mirar esas dinámicas como algo que está a favor y al servicio de nuestra sociedad.

Para ello debemos comprender la revolución tecnológica a partir de la cultura, del conjunto de expresiones, de códigos, de gestos y de organización de las sociedades. Necesitamos entender lo que es Cultura Digital. Un concepto nuevo y crucial en el mundo de las convergencias tecnológicas que parte de la idea de que la revolución de las tecnologías es, en esencia, cultura. El uso pleno de los nuevos soportes tecnológicos crea fantásticas posibilidades de democratizar los accesos a la información y al conocimiento; diversifica las formas de transmisión del saber, amplía la producción y difusión cultural y potencia las posibilidades de la innovación y los cambios. Amplía nuestro repetorio común y, por lo tanto, nuestra cultura.

Esta nueva actualidad nos está obligando a representar las cuestiones que se acordaron tácitamente sobre las ideas de propiedad intelectual, de patentes registradas, de trabajo individual y de derechos de autor. Vivimos un tiempo en que las asociaciones y agrupaciones interpersonales son altamente productivas y creativas, procesos que generan muchos valores y productos. La desmaterialización de las unidades productivas, que se hicieron representar bajo la imagen de las industrias modernas, se da hoy en día con la democratización del acceso a la información, de sus sistemas de codificación, sus modos de producción y vehiculación. Esos contenidos y recursos disponibles son, al mismo tiempo, una gran materia prima manufacturable digitalmente y una enorme maquinaria virtualizada tecnológicamente.

Al final de la década de los 60 compuse una música llamada “cerebro electrónico”, en la que trataba un poco este tema. Me refería al “cerebro electrónico” que “hace todo, hace casi todo, pero es mudo”, que “comanda, manda y desmanda, pero no anda”. Hablaba del computador que lo hacía todo, pero no sentía nada. Alertaba, en la ocasión, sobre la importancia de humanizar las tecnologías.

Hoy, al frente del Ministerio de Cultura de Brasil, pienso que tenemos que ir un poco más lejos. No solo humanizar, sino politizar esas tecnologías. Politizar como instrumento de la política del ciudadano, como instrumento de poder del hombre común y no como instrumento de la política tradicional. Antes, una persona –o pocas personas- tenían el poder de formar e informar a millones. Hoy, millones de personas tienen el poder de formar e informar a millones. Cada vez más, cada uno puede ser el centro de su percepción, fuente de su producción y canal de su emisión. La inclusión digital, cuando es integrada al desarrollo educativo y cultural, es libertaria. Rompe paredes del círculo perverso que estigmatiza a los seres humanos en las periferias y los traen, al fin, para el centro de su propia historia.

Las nuevas tecnologías agregaron una nueva forma de poder convivir con los poderes oficiales y legítimos de cada sociedad, que es el poder legitimado, conquistado y reconocido por cada ciudadano. Surge una especie de polis-ética, la política del ciudadano común. Donde el hombre, vinculado o no a organizaciones sociales, trasciende las dimensiones privada y pública y llega a la dimensión del común.

La realidad se dividió en millones de nuevos sujetos. Alteró las definiciones de lo que era global y de lo que era local. Surgió el “glocal”. Las nuevas tecnologías multiplicaron las formas de creación, transmisión y asimilación de la realidad y hoy pueden ser valiosos instrumentos para la promoción de la diversidad humana y cultural de las sociedades. Si tratamos esas tecnologías más allá de su dimensión funcional, que las limita como meras herramientas y pasamos a tratarlas en su dimensión cultural, ellas podrán ser aliadas estratégicas para el desarrollo de la nación y para la calificación de la vida social, humana y ciudadana de las sociedades.
Fue a partir de ese principio que concebimos el Programa Cultura Viva, en el Ministerio de Cultura de Brasil.

Un programa que busca estimular, instrumentar y capacitar a las comunidades para el uso de las tecnologías digitales libres, como soporte para la creación y difusión de sus acciones culturales y de su desarrollo local. Esa experiencia se comenzó a realizar hace cuatro años en nuestro Ministerio. Consiste, fundamentalmente, en la experimentación técnica que es puesta a disposición de las poblaciones de diversas regional de Brasil. Eso se produce a través de un modelo de adopción efectiva de software libre para la producción multimedia y, también mediante los Puntos de Cultura, centros de producción y difusión cultural que ya existían en diversas comunidades del país y pasaron a recibir apoyo del gobierno brasileño para potenciar sus acciones.

Los más de seiscientos Puntos de Cultura implantados en la actualidad en Brasil recibieron del Ministerio, durante dos años, recursos para el mantenimiento de sus actividades y para la adquisición de kits multimedia con diversos soportes tecnológicos. La experiencia sociocultural que se hace en esos ambientes nos viene mostrando modelos efectivos de apropiación comunitaria de contenidos y dispositivos digitales, de autonomía de los sujetos creadores, de autogestión política de sus procesos y de protagonismo de los agentes culturales.

LA CULTURA DIGITAL

Esos espacios, por menos regulares e integrados que sean, desde el punto de vista jurídico son equipamientos públicos locales que hacen toda suerte de cosas y prestan muchos servicios a los habitantes de su entorno. Trabajan con los lenguajes artísticos, generando familiaridad con la música, el teatro, las artes visuales, el cine, la poesía y la danza, entre otras manifestaciones. También abren nuevas posibilidades a la tradición oral, al artesanado de toda naturaleza, a los saberes tradicionales. Posibilitan la interacción de esas prácticas y formas culturales con espacios y herramientas multimedia, promueven la inclusión digital de sus participantes y agentes, integran al turismo y a la preservación del patrimonio, son movilizadores simultáneos de culturas eruditas y populares, desconociendo las fronteras de las artes tradicionales y de vanguardia.

Creemos que este debe ser uno de los papeles del Estado. Permitir y estimular procesos cada vez más colectivos de construcción y acceso a la información y al conocimiento. Garantizar a la población no solamente las condiciones de acceso, sino las condiciones de producción de las manifestaciones y bienes culturales. Actualizar lso procesos de regulación, contemporaneizados a la revolución digital, a las nuevas plataformas tecnológicas y a los nuevos modelos de negocios. Asegurar el equilibrio de la propiedad intelectual y de los derechos de autor con los derechos de acceso a la cultura; en fin, el equilibrio de las dimensiones públicas y privadas por la dimensión común de los derechos, ese mundo común, cada vez más vivido por la humanidad en conexión con las redes, que muestra al ciudadano sus propias reglas constitutivas, sus leyes y economías, sus potenciales asociativos y sus posibilidades de innovación.

La experiencia que llamamos “Cultura digital” es una posibilidad abierta de avanzar en la ampliación de las fronteras que limitan, dramáticamente, los campos de exclusión y el acceso público a la información y a la tecnología. Esa frontera es algo que limita el propio potencial creativo y liberador que está inscripto en la tecnología. Para enfrentar ese desafío creamos en el Ministerio de Cultura de Brasil un departamento de Cultura Digital, que actúa en dos frentes. Primero, en la provocación de temas y discusiones de esas nuevas realidades, que no están reflejadas en un ambiente gubernamental –así como en la sociedad, en las universidades y en los foros internacionales— como estamos haciendo aquí. Segundo, estamos colocando todos estos temas y discutiéndolos teóricamente, en consonancia con las acciones prácticas e innovadoras, en muchas direcciones institucionales y sociales, mediante los Puntos de Cultura, que son uno de los más importantes programas del Gobierno.

El hecho de que ese programa elija, por edictos públicos y abiertos, a pequeñas Organizaciones no Gubernamentales y grupos culturales, situados en su mayoría en las periferias urbanas y rurales de todos los estados de Brasil, es un cambio en la forma del Estado en su adecuación al mundo contemporáneo. Ahí, en las inversiones en recursos humanos y tecnológicos da un upgrade a las actividades que esas comunidades realizan, en sus proyectos culturales locales, que tienen una enorme relevancia social. El programa creó condiciones para que esas comunidades trasladen, ellas mismas, sus valores y lenguajes para el universo abierto por la tecnología. Hoy tenemos, por ejemplo, tribus indígenas de varias regiones del país grabando CD y filmes que reflejan su historia y su cultura.

Descubrimos que es muy fácil para las comunidades que todavía viven en las realidades del siglo XIX entender el paradigma del siglo XXI. De esta manera estamos construyendo laboratorios que permiten manipular y recrear, en nuevas condiciones, ese nuevo siglo; tanto en sus formas de conocimiento innovadoras como en sus fines sociales y humanos contemporáneos.

Un desafío de la actualidad es que ese laboratorio necesita ser ampliado, pues no tiene sentido que se dedique solo a una serie de espacios discontinuos. Además de que, si quedaran como experiencias débiles y vulnerables, ellos pueden retroceder por la miseria que siempre se arrastra sobre las poblaciones que más lo sufren, inhibiendo su expansión humana y vital. Esa es la mayor frontera, que solo una gran circulación en red puede suprimir definitivamente, al propiciar el cumplimiento de la promesa tecnológica de un futuro más justo y humano.

El trabajo que he presenciado con esa idea y práctica de Cultura Digital nos demuestra que es posible otra forma de consonancia, algo bien radical diría, simbiosis del Estado con la sociedad civil. Esa experiencia con grupos de activistas de los más diversos matices estéticos, culturales, ideológicos y socio-políticos es algo muy productivo para abrir la sociedad a espacios de creatividad política, de apertura de la esfera de poder público a la imaginación política.

Concretar la convergencia, más allá del mundo de las tecnologías de alto costo, es un desafío que tenemos que enfrentar, pues esa forma de “exclusión” puede ser mucho más violenta y dañina para el conjunto de la sociedad de lo que ya es la exclusión económica. Y hay una gran lección en todo esto: estamos aprendiendo a trabajar con ellos así como ellos están aprendiendo a trabajar con el gobierno. Ese aprendizaje de las dos partes es una gran deslocalización institucional de la sociedad como un todo en Brasil. Es un enorme avance y una experimentación muy prolífica para todos los agentes públicos que constituyen los proyectos del Estado y de la sociedad.

La Cultura Digital es un constante diálogo, ella sólo sobrevive en esa construcción de relaciones. Ella necesita de asociados para continuar su curso y experiencia, para imprimir otros rumbos y ritmos, nuevas intensidades y densidades a los sedimentos hasta ahora establecidos. Necesita de nuevas fuentes de energía creativa, de inteligencia innovadora, de financiamiento y de economía, que la vuelvan sostenible. Que otras experiencias internacionales se puedan unir a esta experiencia brasileña, que precisa de la colaboración de todos los ciudadanos del mundo contemporáneo. Invito a todos para que compartan con nosotros esa experiencia, que no puede ser solamente nuestra, que no debe ser propiedad de un gobierno o Estado, que es la expansión del derecho de todos los que sueñan con ese mundo sin fronteras.

Gilberto Gil es ministro de Estado de Cultura de Brasil

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