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El Estado como instrumento canalizador de la solidaridad
Luiz Inácio Lula da Silva

Es importante que la XVII Cumbre Iberoamericana haya decidido aplicarse sobre el tema de la cohesión social y de las políticas públicas en la construcción de sociedades más justas. Con el fracaso de las políticas neoliberales de los años 90, se reafirma hoy el papel central que el Estado debe asumir en la formulación y aplicación de políticas de desarrollo y de iniciativas volcadas a la promoción de los derechos sociales fundamentales y del bienestar colectivo.

Desempleo, pobreza, migración, desequilibrios demográficos y ambientales exigen respuestas económicamente consistentes, pero también socialmente justas. Solamente un Estado democrático puede articular esas dimensiones económica y social, que muchas veces aparecen como enfrentadas conflictivamente. Ese ha sido el desafío con el que se enfrenta nuestra Comunidad Iberoamericana. En Améerica del Sur, para concentrarnos en nuestra región, gana fuerza una vigorosa onda democrática, con fuerte participación de segmentos históricamente desheredados y marginados, que pasan ahora a exigir acciones gubernamentales que atiendan sus reivindicaciones.

La respuesta del Gobierno brasileño combina una estrategia de acelerar el crecimiento con políticas sociales capaces de distribuir renta y generar inclusión, sin renunciar a una conducta macroeconómica prudente y responsable.

Los resultados son auspiciosos: crecimiento sólido, inflación baja, expensión del mercado intgerno con aumento del consumo popular y del crédito, ampliación del empleo y de la renta de los trabajadores y –lo que es fundamental- reducción de la pobreza y de las desigualdades.

Fue igualmente importante la consolidación de una amplia red de protección social capaz de ofrecer apoyo de emergencia a los más vulnerables y, al mismo tiempo, favorecer el reinicio del crecimiento de una economía estancada durante décadas.

Un ejemplo es el programa Beca Familia (Bolsa Familia), eje articulador de nuestras políticas sociales. Ese programa apoya financieramente, en todos los municipios brasileños, a más de once millones de familias cuyo ingreso es inferior a sesenta dólares mensuales. Como contrapartida, las familias deben garantizar la asistencia escolar, la vacunación infantil y el acompañamiento pre-natal de las mujeres embarazadas.

Más que retirar de la miseria a millones de niños, hombres y mujeres, el acceso a la educación y a la salud de calidad abrió oportunidades para la construcción de vidas dignas y productivas.

Por esa razón, mi Gobierno está empeñado en asegurar una educación pública de acceso universal y buen nivel. Como ya lo destaqué en Cumbres Iberoamericanas anteriores, esa es una herramienta fundamental para garantizar la igualdad de oportunidades proporcionando a todos una verdadera ciudadanía. Para valorizar a los profesores, estamos mejorando su formación y aumentando sus salarios. Estamos construyendo más y mejores escuelas, sobretodo técnicas. No se puede hipotecar el futuro de nuestros niños y jóvenes.

Pero el Estado –por muy grandes que sean sus responsabilidades- no puede superar solo los problemas de exclusión económica y social. Esa es una tarea que requiere la asociación entre el Gobierno y los diferentes sectores de la sociedad civil: empresas, sindicatos, ONG, universidades e iglesias.

El papel estratégico del Estado no se agota en la inducción de políticas públicas. Con la globalización, al contrario de lo que muchos piensan, el Estado no debe debilitarse. Aumentan sus responsabilidades económicas y sociales, sus funciones regulatorias e inductoras.

Los grandes desafíos de este inicio del siglo XXI obligan también a un mayor compromiso del Estado en los mecanismos multilaterales de la gobernanza global. Solamente de esa manera alcanzaremos un mundo más democrático en la toma de decisiones sobre nuestra seguridad colectiva, más solidario en la defensa de los vulnerables y más involucrado en la preservación del planeta.

No hay tema más urgente delante de la comunidad internacional que el de compatibilizar las aspiraciones, sobretodo en los países pobres, por un mayor crecimiento y prosperidad económica con la preservación del medio ambiente. Sabemos que la respuesta a ese problema pasa por una asociación global en la producción de fuentes renovables de energía, más limpias y más accesibles.

Los biocombustibles, en particular, tienen un gran potencial en el combate del efecto calentamiento, en la autonomía energética, en la generación de empleos y renta, contribuyendo a evitar el éxodo rural y los grandes movimientos migratorios internacionales.

En un mundo preocupado por la degradación ambiental y los altos precios del petróleo, podemos reducir las emisiones de gases contaminantes y la dependencia de combistibles fósiles importados. Tenemos una ecuación energética más democrática, con un gran número de países productores, sobretodo en regiones pobres. El Fórum Internacional del Etanol agrupa a gobiernos con el objetivo de desarrollar políticas públicas y estrategias coordinadas para la creación de un mercado internacional de ese combustible.

Pero la promesa del etanol y del biodiesel no se cumplirá en un ambiente internacional marcado por el proteccionismo. El comercio mundial puede ser un gran instrumento de la distribución más equitativa de la renta mundial. Para eso, las negociaciones multilaterales necesitan llegar a una efectiva reducción de los subsidios agrícolas y de las barreras tarifas y no tarifarias que distorsionan el comercio y penalizan a los países pobres.

Es por eso que el Brasil y sus socios del G-20 han insistido en un desenlace equilibrado y ambicioso de la Ronda de Doha de la OMC. Solamente así conseguiremos crear oportunidades para millones de trabajadores rurales en situación de pobreza.

La Acción contra el Hambre y la Pobreza, que lancé en Nueva Yiork junto a otros líderes latinoamericanos y europeos, apuntó hacia la necesidad de impulsar mecanismos innovadores de financiamiento del desarrollo. El primer resultado concreto de los esfuerzos de nuestros gobiernos fue el establecimiento de la Central de Medicamentos, que ayudará a mitigar los efectos devastadores de pandemias como el AIDS (Sida), la malaria y la tuberculosis en los países más pobres, sobretodo los del continente africano. Vamos a garantizar el acceso barato a remedios que pueden salvar muchas vidas. También en esto la persuasión de la opinión pública internacional tiene que desempeñar un importante papel.

La creación de un mundo más próspero –justo y solidario- dependerá de las acciones que nuestros Gobiernos, en la esfera nacional o por medio de la concertación multilateral, adoptemos hoy. Es eso lo que esetamos haciendo en Brasil y en muchos países de América Latina. Es eso lo que el mundo espera y exige de nuestros Gobiernos.

La Cumbre Iberoamericana de este año ofrece una valiosa oportunidad para que profundicemos en esta fundamental discusión sobre el papel del Estado como instrumento de la cristalización y canalización de la solidaridad que es el mayor valor de nuestras sociedades.

Luiz Inácio Lula da Silva es presidente da República Federativa do Brasil

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